vuelve a la página de los proyectos
Un lugar antiguo, inmenso, ahora reducido a un recuerdo de la antigua grandeza. Un lugar que todavía puede contar, a quien tiene tiempo para escuchar, historias de mil criaturas que recorren el camino del tiempo.
Entre rayos de sol robados que atraviesan las hojas cansadas y los tímidos hongos escondidos entre ramas caídas y exuberante musgo, la sensación de vida y tranquilidad llenan el corazón cansado por la vida moderna.
Yo, viandante, curioso, respetuoso de los silencios del bosque, de la humedad que transpira del suelo y del velo de niebla que el Sol logra generar desde el frío y húmedo suelo, me permito en silencio capturar imágenes de ese mundo en constante devenir. Mi cansada mente se esfuerza por memorizar todas esas imágenes. Me encomiendo, vencido, a la paradoja de recurrir a la tecnología para fijar esos momentos y no olvidarlos en los años, con el consuelo que podré compartir esos mágicos momentos con las personas más queridas.
Continuo el camino en el bosque, que aparece en su plenitud de incansable heredad de vida, a veces inhóspita, a veces acogedor abrazo.
Las imágenes se repiten, siempre iguales, siempre diferentes. Pequeños detalles que cuentan grandes historias, inexorablemente atraído por los rayos del sol que pintan texturas fantásticas.
Mis pasos en el barro, el ruido de esa caja fotográfica mágica, apoteosis de la tecnología, que se inclina ante la naturaleza.





















